¿DONDE HABITAS? ¿EN EL TEMPLO HISTÓRICO? ¿EN LA HUMILDE ALDEA?”

Dos ciudades, y dos casas en ellas, que representan dos realidades espirituales también diferentes.
Hoy cuando las personas hablan acerca de la iglesia, inmediatamente piensan en un edificio. Alguien podría hasta decir: «He olvidado mi paraguas en la iglesia». Pero nosotros sabemos que, en verdad, la iglesia es la casa de Dios. Hoy cuando pensamos en la iglesia pensamos en una organización, en una institución, en una tradición. Pero si vamos a la Biblia, la iglesia en verdad es una realidad espiritual.
El templo fue un lugar hostil
Si estudiamos nuestras Biblias cuidadosamente, percibiremos claramente la diferencia entre los tres primeros evangelios, y el cuarto.
Cuando vamos a los primeros tres evangelios, estamos ocupados con la obra del Señor mientras estuvo en Galilea. El principal énfasis es la obra de nuestro Señor allí.
Pero cuando vamos al evangelio de Juan el énfasis es Jerusalén. Más que eso, cuando Juan escribió el cuarto evangelio, él no solamente enfatizó la ciudad de Jerusalén, sino más específicamente el templo, que estaba sobre el monte Moriah.
Según el cuarto evangelio pareciera que nuestro Señor nunca dejó el templo de Dios, el cual él llama «la casa de mi Padre».
Hablando históricamente, la ciudad de Jerusalén era llamada «la ciudad del gran Rey». Era el deseo de nuestro Dios poder habitar en Sion, el monte del templo, porque él la había elegido. Entonces, si eso era la casa de Dios, nuestro Señor debería haber encontrado todo su reposo y alegría en su casa.
Si usted hubiera estado en el monte del templo en el tiempo del Señor Jesús hubiera visto una gran plaza. Hablando estrictamente, la plaza del templo era la mayor plaza religiosa de aquella época. El rey Herodes era un gran constructor. Originalmente en el monte Moriah estaba sólo el templo de Salomón, pero Herodes hizo un gran complejo urbanístico allí.
El área era dos veces mayor que la del tiempo de Salomón. De sur a norte, cabían casi seis canchas de fútbol; en tanto que de oriente a occidente cabían unas cinco. Podemos imaginar aquello especialmente en la fiesta de la Pascua. Nadie se sentiría solo allí, porque de acuerdo a los historiadores, en esas celebraciones solían juntarse cerca de dos millones de personas.
Sin embargo, una pequeña frase del evangelio de Juan nos permite de alguna manera tocar el solitario corazón de nuestro Señor Jesús mientras estuvo allí.
Veamos el capítulo 7:53-8:1: «Cada uno se fue a su casa; y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo». ¿Pueden ver? La Biblia dice: «Cada uno se fue a su casa». Podemos imaginar cómo, después de un día ocupado, cada uno se va a su casa, pero Jesús se va al monte de los Olivos.
Dice “cada uno se fue a su casa”, como si nuestro Señor no tuviera casa. A la mañana siguiente él vuelve al templo. Probablemente, igual que el día anterior, estuvo todo el día allí. Luego todos se van a su casa y Jesús se va al monte de los Olivos. Al día siguiente vuelve otra vez al templo, para un día lleno de quehaceres. De esta descripción, podemos ver algo que no hemos visto antes.
Ustedes ven: cada uno tenía su casa, pero no nuestro Señor. Ahora, durante el día estaba en el templo de Dios, que él llamó “la casa de mi Padre”. Pero si esa era la casa de su Padre, debería ser también su casa. El Espíritu Santo nos muestra especialmente esta frase: «Cada uno se fue a su casa, pero Jesús se fue al monte de los Olivos». Si no conociéramos la Biblia muy bien, estaríamos casi seguros que él pasó esa noche en el monte de los Olivos, porque en el monte de los Olivos hay muchas cuevas.
Es bastante lógico pensar que pudiera haber pasado la noche en algunas de esas cuevas.
Si usted observa el templo allí en Jerusalén, todo estaba en orden. Todo estaba de acuerdo a la Biblia. Cada día por la mañana, algunos sacerdotes iban a un lugar alto, y cuando ellos veían el sol salir sobre el monte Moab, sonaba la trompeta. Entonces alguien abría la puerta del templo, y comenzaba el servicio cotidiano. Ellos estaban cumpliendo su misión. Entonces las personas de Israel empezaban a entrar.
Ellos tenían un sistema de sacrificios. Tenían un sacerdocio. Tenían un altar de bronce, un lugar santo, un candelero, el pan de la proposición. Y también tenían el altar de oro.
Más que eso, por detrás del velo, estaba el Lugar Santísimo. Todo estaba de acuerdo al patrón que Dios había mostrado a Moisés, y después a David. Si nosotros vamos a nuestras Biblias, vamos a descubrir que todo estaba en orden. Todo estaba de acuerdo a la Biblia.
Cuando los judíos miraban su historia, tenían toda la razón para sentirse orgullosos. Ellos podían decir: «Nosotros tenemos más de mil años de historia. Dios está con nosotros. Esta es la ciudad del Gran Rey». Más que eso, cuando se ascendía el monte del templo, según la historia, especialmente a la hora que el sol salía, podía ver la gloria del templo de Dios. No nos habría dejado de impresionar. Por eso los discípulos dijeron al Señor Jesús: «¡Qué bello templo, qué bellas piedras!».
Ahora, eso representa la estructura exterior. Todo estaba correcto. Hablando estrictamente, si aquella era la casa de Dios, nuestro Señor no debería irse de ella, porque sería también su casa. En el patio del templo había un lugar de reposo, donde él podía pernoctar. Pero entonces,
¿por qué nuestro Señor tuvo que irse al Monte de los Olivos?
Hablando externamente, todo estaba de acuerdo a la Biblia. Algunas veces podemos decir: nosotros tenemos aquí todo de acuerdo a la Biblia. Pero esto no es todo el tema aquí.
Hablando externamente, el templo estaba allí, pero la realidad se había ido.
Por eso tenemos que ser sensibles al movimiento del Espíritu Santo. Cuando uno estudia el evangelio de Juan casi cada día nuestro Señor pasaba en el templo, pero la realidad ya se había ido.
El pueblo de Israel podía decir: «nosotros tenemos el orden bíblico. Todo está de acuerdo a como ha sido revelado en el Antiguo Testamento». Algunas veces nosotros decimos: «nosotros tenemos el orden de la iglesia del Nuevo Testamento». Pero, hermanos, el punto no es ese; no es si eso está correcto o errado. El punto es: ¿hay realidad allí? ¿La presencia de su Espíritu Santo esta en la iglesia?
Es la casa de Dios, el nombre es correcto, el orden es el correcto, todo está correcto, pero sólo una cosa nos va a preguntar el Señor: “¿Esta la realidad de la presencia de Dios allí? ¿Puedo encontrar mi reposo allí?
“Por eso el Señor hizo del monte de los Olivos su casa.
Betania: El lugar de su reposo
Algunas veces nosotros pensamos que probablemente él pasaba la noche en alguna cueva. Pero no era así. El Señor no tenía que dormir en una cueva, pues había una casa abierta para él en el monte de los Olivos.
Para entender esto, yo tengo que explicar a ustedes un poco de la geografía de Jerusalén:
Si alguien mira hacia el occidente desde el Monte de los Olivos ve la ciudad de Jerusalén, y ve también el templo sobre el monte Moriah, porque el monte de los Olivos es más alto que el monte Moriah.
Entre estos dos montes Moriah y Olivos hay un valle muy profundo, el valle de Cedrón.
Ahora, durante el día nuestro Señor estaba en el monte del templo; al atardecer bajaba por el valle de Cedrón y subía el Monte de los Olivos donde estaba el huerto del Getsemaní; luego, al bajar desde la cumbre del Monte había una pequeña aldea, Betania.
Por la Palabra de Dios vamos a darnos cuenta que cuando nuestro Señor Jesús iba a Betania, pasaba por el monte de los Olivos. Si leemos los cuatro evangelios, especialmente en la última semana antes de la crucifixión, veremos que todas las noches él salía de Jerusalén e iba a Betania. Hay algo muy interesante aquí: cuando el templo de Dios en Jerusalén se tornó en una cáscara sin contenido, en un árbol lleno de hojas, pero sin fruto, nuestro Señor iba hacia el Monte de los Olivos, porque allá en Betania hallaba su reposo.
Betania y Jerusalén. ¡Qué contraste! En Betania uno no encuentra un millón de personas, ni una historia gloriosa, pero era allí donde nuestro Señor podía pasar la noche, allí podía encontrar su descanso. Ahora, ¿qué es Betania?
La mejor descripción de Betania está en los escritos de Juan. Vamos a leer Juan capítulo 12, versículo 1-3: “Seis días antes de la Pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. (Donde hay muerte y resurrección allí está la realidad de Betania). Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume”.
Vamos a leer con cuidado. Esto es Betania. Este es el lugar donde nuestro Señor pasaba las noches. Este es el lugar donde él encontraba reposo. Betania es el lugar donde encontramos a Lázaro, el testimonio de muerte y resurrección, y donde Marta servía. La cena estaba lista, porque Marta estaba allí. Y entonces encontramos que Lázaro estaba a la mesa con ellos. Si esto es la casa de Dios, no solamente Dios va a encontrar su descanso: nosotros también vamos a encontrar nuestro reposo. ¿Vemos qué bella figura tenemos aquí?
Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro de mucho precio y ungió los pies del Señor, y los enjugó con sus cabellos. ¿Dónde estaba María? María estaba a los pies de nuestro Señor Jesús. Siempre encontramos a María sentada a los pies de nuestro Señor. Así pues, ¿dónde nuestro Señor podía encontrar la realidad de la vida de la iglesia? Aquí encontramos a Lázaro, a Marta y a María a los pies de Jesús. Pero en esta ocasión María no solamente está escuchando la palabra de Jesús, sino que está ungiendo sus pies. Para algunos de los discípulos era un desperdicio, pero entonces algo sucedió: La casa se llenó del olor del perfume. Todos en aquella casa pudieron sentir el olor del perfume. Esto es Betania. Aquí encontramos la realidad.
La presencia de Cristo habitaba allí no en imponentes y majestuosos templos.
El habita en grandes corporaciones religiosas que se convirtieron en industrias de producir dinero.
¡No!
Cristo habitaba en un lugar apartado, humilde, sencillo, sin mucho atractivo; pero, allí en be tania hay corazónes humildes y apasionado por su presencia.
En betania valoramos su estadía que reconocemos su soberanía, su grandeza, su gran valor.
Mientras tanto.. Jerusalén y su majestuoso templo se había quedado como un museo historico ya la presencia de Dios no estaba allí.
El SEÑOR NOS AYUDE.
Continúara.. .