¿HEMOS OLVIDADO AL AMADO ESPÍRITU SANTO?

Ha sido paciente el Espíritu Santo, soportando nuestras imperfecciones y pequeñeces; tiernamente, él clama por Su espacio… a nuestro favor.

Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba…”.

Hechos 2:2.

Sin duda, para todos nosotros, el día de Pentecostés marca la historia de la iglesia, pues todo cuanto tenemos esta fe preciosa, el gozo de vivir en Cristo, la conciencia de nuestro llamamiento celestial tuvo allí su punto de partida.

Nuestro Señor Jesucristo, resucitado de entre los muertos, ha pasado de la tierra al cielo, ha asumido su posición como Sumo Sacerdote y vive intercediendo por nosotros a la diestra del Padre.

Este es un fundamento muy básico. Tal es la posición actual de nuestro Señor hoy, exaltado en los cielos y, al mismo tiempo, el Espíritu Santo es derramado, como consecuencia y confirmación de este hecho.

Función oficial

A partir del día de Pentecostés, el Espíritu Santo vino a ocupar oficialmente su función en la tierra. El Padre dijo a su Hijo: «Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies» (Heb. 1:13). Este es un hecho espiritual irrefutable, como lo es también el hecho de la presencia real del Espíritu Santo entre los hombres, habitando en la iglesia, en los corazones de los creyentes. Así aconteció en la vida y experiencia de nuestros primeros hermanos y, hoy nos toca a nosotros vivir la misma preciosa realidad.

En la vida de Jesús

Tengamos muy presente ese hecho: que todas sus obras fueron hechas por medio del Espíritu Santo. El reino y la autoridad de Dios estuvieron plenamente manifiestas en la vida de Jesús de Nazaret, el hombre.

Hoy, nosotros somos los ungidos, aunque hay una gran diferencia entre él y nosotros, por cuanto él es absolutamente santo. Él es el Verbo que se hizo carne, y el Espíritu no tuvo obstáculo alguno para expresarse a través de su persona, fuese para hablar o para callar. Como vemos en los evangelios, algunos de sus discursos fueron extensos y profundos, como el llamado Sermón del Monte y las parábolas.

Algunas de sus palabras fueron duras, como la reprensión a los escribas y fariseos registrada en Mateo capítulo 23. Frente a Herodes, nada habló (Lucas 23:9), y ante Anás y Pilatos solo respondió lo estrictamente necesario. Ante el endemoniado gadareno habló una sola palabra: «Id», y el efecto fue inmenso.

Todo lo hizo o dejó de hacer mediante el poder y consejo del Espíritu. No hubo impedimento para su manifestación, en lo más grande y en los detalles más pequeños. ¡Qué control, qué mesura, qué equilibrio, qué perfección la de nuestro Maestro!

En corazones imperfectos

Pero la gracia de nuestro Dios es tan grande, que ahora el Espíritu Santo habita en corazones tan imperfectos y deformes como los nuestros. Y en la iglesia, el Espíritu ha prevalecido en medio de divisiones, dolores, ofensas, herejías, situaciones complicadas, imitaciones y falsedades. Sin embargo, él no se ha ido. Él vino para quedarse; ha sido y será paciente, hasta que su misión sea cumplida.

Nuestro Señor Jesucristo estuvo en la tierra hasta completar su misión. Cuando su obra estuvo consumada, a él solo le quedaba ser recibido de regreso en su gloria. Entonces oró: «Padre, he acabado la obra que me diste que hiciese», y ascendió a la diestra del Padre. Por su parte, el Espíritu Santo ha estado estos dos mil años en la tierra y aun su obra no está concluida. Cuando ese día llegue, ya no será necesario que siga presente en la tierra; entonces será retirado de este mundo, y se dará paso a otra era.

Aún ese día no ha llegado, y el Espíritu Santo está en la tierra, soportando ayudándonos en nuestras imperfecciones, nuestra inmadurez, nuestra historia, nuestras pequeñeces como iglesia. Él ha sido paciente cumpliendo su obra, revelándonos al Padre y al Hijo.

Mayor promesa

una de las mayores promesas que se le ha hecho al ser humano, es cuando el Señor dijo: «El que me ama, mi palabra guardará, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada con él» (Jn. 14:23).

No hay promesa más maravillosa que ésta. Y esto solo sería posible si el Espíritu Santo pudiese venir. Las condiciones se dieron,la preciosa sangre del Cordero fue derramada, el Señor fue ascendido ¡y hoy nosotros somos las personas más privilegiadas de la tierra! Hemos sido llamados a ser la casa de Dios y a ser la esposa del Cordero, y el Señor espera que este propósito suyo se haga real en nosotros.

Esta promesa de venir a hacer morada se cumple en todo aquel que ha invocado de veras el glorioso nombre del Señor. Todos los que somos de Cristo, lavados con su sangre, estamos entre ellos. En el más pequeño y débil de los creyentes habita el Señor.

La experiencia de Pedro

En Hechos capítulo 10 tenemos el relato de la experiencia de Pedro bajo el gobierno del Espíritu Santo. Él había subido a la azotea para orar, cuando tuvo aquella visión del cielo abierto y del lienzo con los cuadrúpedos.

Es notable el protagonismo del Espíritu en los versículos 19 y 20: «Y mientras Pedro pensaba en la visión, le dijo el Espíritu: He aquí tres hombres te buscan. Levántate, pues, y desciende  y no dudes de ir con ellos, porque yo los he enviado». El apóstol tuvo el especial privilegio de oír al Padre en el monte de la transfiguración, de oír al Hijo muchas veces y también de oír al Espíritu Santo.

Pedro nada sabía de los hombres que le buscaban, pero el Espíritu estaba haciendo los arreglos para esta trascendental experiencia. El mensaje aquí es muy claro. Pedro fue sensible y obediente a la voz del Espíritu Santo. ¡Cómo se ha perdido esto en la historia de la iglesia y cómo deberíamos suspirar porque se restablezca!
La experiencia de Pedro nos habla de algo genuino, y nosotros debemos aspirar a ver las manifestaciones auténticas del Espíritu, cuyo fruto sea evidente, en mucho provecho y bendición de la obra del Señor.

También debemos llenarnos de esperanza, pues hoy, con la experiencia acumulada de años caminando en el Señor, habrá mayor madurez en la iglesia para discernir estas cosas. Nadie que realmente oiga al Espíritu va a contradecir la sana doctrina revelada en las Escrituras acerca de la persona y obra de nuestro Señor Jesucristo o acerca de la autoridad de la palabra escrita. El Señor nos dé discernimiento para filtrar cualquier manifestación extraña que pueda traer dolor o confusión a la casa de Dios.

Protagonismo del Espíritu

Regresando al relato de Hechos 10, podemos ver aun con más intensidad el protagonismo del Espíritu Santo. Pedro recién comenzaba su discurso cuando el Espíritu «cayó sobre todos los que oían». Entonces, ya no se pudo impedir el curso de los acontecimientos. Y más tarde, cuando debe dar explicaciones de lo ocurrido, Pedro dice resueltamente: «¿Quién era yo que pudiese estorbar a Dios?» (Hech. 11:17).

Observemos la sujeción de Pedro al Espíritu. Quien tomó la iniciativa desde el primer momento fue Dios mismo; no hay mano ni intención humana en todo esto. Cornelio no hizo más que buscar a Dios de corazón sincero, y la respuesta vino a través de un ángel. Y Pedro, sin saber lo que estaba ocurriendo, fue movido por el Espíritu Santo para orar.

Este es un punto importante: Pedro estaba orando. Su espíritu estaba sensible a las instrucciones del Señor. Aquí hay una lección para nosotros. No veremos el actuar del Espíritu Santo si no venimos en oración delante del Señor.

Luego que Pedro obedece y va con los siervos de Cornelio, allí el Espíritu vuelve a intervenir en forma soberana y acontece algo que nadie esperaba. Contra todo pronóstico, el Espíritu llena  a los oyentes gentiles de la misma manera como lo fueron los discípulos judíos que esperaban la promesa el día de Pentecostés.

El apóstol tenía muy fresca esa experiencia y, por tanto, supo reconocer de inmediato de qué se trataba lo que ocurría. Negar ese hecho o ponerlo en duda habría significado altercar con Dios mismo, y él no podía hacer eso. Entonces Pedro no tuvo nada más que hacer sino ponerse detrás del Espíritu, y ordenó bautizar a los nuevos creyentes, sin importar las consecuencias.

A nosotros hoy

Con temor declaramos esto el Espíritu Santo hoy nos está diciendo: «Déjenme actuar, y verán lo que ocurrirá». Dios nos está diciendo: Que debemos recuperar en las iglesias locales el protagonismo del Espíritu Santo».

En estos días hemos oído que el Señor quiere hacer las mismas cosas, pues él no ha cambiado. Y depende de nosotros, si prestamos oídos a lo que el Espíritu está hablando en estos días finales de la Iglesia.

HOY necesitamos recuperar este protagonismo del Espíritu Santo registrado en Hechos 10. Permita el Señor que sus pastores, siervos ,obreros, ancianos, lideres colaboradores,pongan atención a este llamado.

Los líderes son los responsables del rumbo de las cosas en la casa de Dios. Son ellos quienes deben tomar la palabra y llamar a todos a poner atención: «Hermanos, esta palabra la tenemos que vivir; no desechemos esta oportunidad de agradar al Señor».

No contristéis

El Espíritu está presente en la asamblea de los creyentes. Sabemos también que en el Nuevo Testamento hay al menos tres actitudes negativas con respecto al Espíritu Santo: Resistir, contristar y apagar al Espíritu.

Tal vez resistir al Espíritu no sea algo tan aplicable a nuestra realidad. De hecho, nos reunimos, colaboramos y rendimos culto al Señor. No estamos resistiendo, al menos en forma abierta o decidida. Pero algo que sí hemos hecho es contristarlo y de alguna manera también lo hemos apagado.

Apagar implica que hubo un fuego encendido, y el fuego habla de poder y autoridad. Pero, en cuanto a contristar al Espíritu, está muy claro en Efesios 4:30-32: «Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira maledicencia y toda malicia…».

Amados hermanos, nosotros sabemos en qué punto estamos contristando al Espíritu. No nos engañemos. Aquí solo podemos mencionar algunas cosas generales, pero cada uno es responsable ante el Señor de los detalles más específicos. Cuando guardamos rencor y tardamos en perdonar, cuando no olvidamos ofensas pasadas, cuando no damos vuelta la página y seguimos recordando antiguas rencillas, cuando tenemos juicios y condenación unos contra otros, entonces se contrista el Espíritu y perdemos la sensibilidad a su voz.

Las distracciones del tiempo presente también son cosas en las cuales el Espíritu no está contento. Hoy, conectados a internet, al tv a las redes sociales, hay mucha imagen grotesca que pasa ante nuestros ojos e invade el templo del Espíritu, y entristece al bendito Consolador. Ese tiempo mal invertido, esas horas en internet que traen frustración interior. La presente generación está demasiado entretenida, y es un terreno manejado muy bien desde el infierno, para traer dolor, fracaso y muerte entre los santos.

Amados, es tiempo de reaccionar y levantarse a proclamar que lo único que realmente importa en esta vida, es vivir en Cristo, llenarse de Cristo y esperar la venida del Señor. Todo lo demás es secundario, pasajero. Nosotros estamos aquí para reclamar las promesas de Dios en medio de una generación que se olvidó de Dios y hemos de clamar porque Su eterno propósito tenga entre nosotros pleno cumplimiento.

Continuará..