“Nunca hubo una generación tan falta de compromiso con el Señor como ésta.”

Parte Final

Las 7 iglesias del apocalipsis nos presentan un cuadro de siete condiciones de la vida de la iglesia en todas las generaciones, incluyendo la nuestra.

Mirando específicamente la carta a Éfeso, necesitamos también hacer algunas acotaciones con respecto a esta ciudad, la más importante y más rica de Asia Menor. Tenía aproximadamente 500.000 habitantes. Situada cerca del Mar Egeo, era un centro de comercio marítimo, y una ciudad muy mística. Allí había un templo dedicado a la diosa Diana, cuyas dimensiones eran enormes, y no era solo un centro de idolatría, sino un lugar de depravación.

Éfeso era un lugar de tinieblas. Y, exactamente en este ambiente, el Señor estableció la luz, uno de los más bellos testimonios de la iglesia de todos los tiempos. Cuando aquellos que siguen al Señor son fieles, la luz irá siempre guiándolos. Sin embargo, llegó un momento en que el Señor pidió cuentas a la iglesia, y ella había abandonado su primer amor. Esto puede ocurrir en cualquier asamblea, por más firme que ella esté. Necesitamos revisar nuestro propio corazón. ¿Hemos amado al Señor adecuadamente? Esa es la gran pregunta.

Juicio a Su casa

¿Por qué los capítulos 2 y 3 de Apocalipsis no fueron puestos al final del libro de Apocalipsis, sino al comienzo? En 1a Pedro 4:17, vemos cómo el Espíritu Santo sabe cómo hacer todas las cosas de una manera adecuada. «Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios, y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?». El juicio comienza por la casa de Dios; después, las naciones.

Ahora veremos otro aspecto. Leamos los primeros versículos de Apocalipsis 1, que nos ayudarán trayendo riqueza a nuestro corazón, para comprender el dolor que había en lo íntimo de nuestro Señor.

«Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo. Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro» (1:9-12).

El emperador Domiciano había enviado a Juan al exilio a la isla de Patmos. Allí, los cielos se abrieron y el Señor dio toda esa revelación al corazón de Juan. ¡Qué exilio más glorioso! Allí el Señor mostró su corazón a Juan.

En el versículo 12, cuando Juan se vuelve para ver quién le habla, lo primero que ve son siete candeleros. El precioso pasaje de Apocalipsis 1:13-18 es la visión de Cristo glorificado.

Su gloria “en” nosotros

Juan tenía sus ojos abiertos, y vio al Cristo glorioso. Cuando el Espíritu Santo abre nuestros ojos para ver una medida más de Cristo, nunca más seremos los mismos.

Nuestro amor por él aumentará; nuestra pasión por él será más grande. La iglesia nunca más será la misma cuando experimente la gloria, la presencia misma de Cristo, en medio de ella. Esta es nuestra gran realidad.

Este mismo pensamiento está en el versículo 12. «…para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado «en» vosotros», no «por» vosotros. Sí, nosotros debemos adorar a nuestro Señor y darle toda la gloria. Fuimos creados y regenerados, para darle la adoración que solo él merece. Nuestro testimonio es la expresión de Cristo mismo. El mundo verá a Cristo a través de nuestro testimonio, y las personas podrán tocar a Cristo en nosotros.

El aroma del primer amor

«Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor». ¿Qué significa realmente el Señor Jesucristo para ti? ¿Qué significan las palabras «el primer amor»? No es una escala de valores del amor. Este primer amor alude al mejor, al más puro de los amores.

Significa que esta expresión del amor tiene una preeminencia absoluta. Y será valioso para nuestros corazones mirar una escena de las Escrituras donde veremos a alguien que realmente discernía lo que significa tener el primer amor, refiriéndose a Cristo.

«Pero estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza. Y hubo algunos que se enojaron dentro de sí, y dijeron: ¿Para qué se ha hecho este desperdicio de perfume? Porque podía haberse vendido por más de trescientos denarios, y haberse dado a los pobres. Y murmuraban contra ella» (Mar. 14:3-5).

Este escenario nos muestra claramente a alguien que conoció al Señor y lo tuvo como su primer amor. Había varias personas en aquel ambiente; todos estaban delante de Jesús, pero esta mujer vio algo que los demás no vieron. Sus ojos, por la bondad de Dios, habían sido abiertos. Lo que impresiona es que había discípulos del Señor allí; pero ellos solo vieron un desperdicio, vieron trescientos denarios, un vaso de alabastro que era quebrado, pensaron en los pobres y, sin embargo, no vieron al Señor Jesucristo como lo vio aquella mujer.

Ella tomó el vaso de alabastro de alto precio, lo quebró y derramó su contenido en los pies del Señor.

Eso tiene un significado muy profundo.

El vaso mismo ya era algo muy precioso; venía de una ciudad llamada Alabastrum, de Egipto, donde se producía aquella piedra preciosa. Era un vaso especial, pequeño, que contenía un rico perfume de nardo puro, que provenía de Oriente.

Cuando los judíos tenían una hija mujer, adquirían un vaso de alabastro con rico perfume, y lo daban a ella para su día de bodas, como una especie de dote. Entonces el novio entraría en la casa, y la joven tomaría el vaso, lo quebraría a los pies de su novio, derramando ese perfume que llenaría todo el ambiente.

Eso significaba amor, honra y unión.
Al quebrar el vaso, ella estaba diciendo: «Yo te amo para siempre, te honraré para siempre, y me uniré para siempre contigo». En este contexto debemos mirar este pasaje. Cuando ella quebró su vaso, el ungüento fue derramado a los pies del Señor y todo el ambiente fue perfumado. Entonces, ella estaba diciendo exactamente aquellas tres palabras, derramándose en amor profundo delante del Señor. Con ese gesto, estaba diciendo que ella honraba al Señor, y que quería una vida de unión para siempre con Él.

Eso es maravilloso. Noten que ella vio algo diferente en aquel ambiente. ¡Cuántas veces nosotros estamos viendo tantas cosas a nuestro alrededor, pero no estamos mirando al Señor Jesucristo! Hermanos, ¿es él realmente nuestro primer amor? ¿Nos hemos derramado delante de él y hemos hecho estas declaraciones? Este es el mayor gesto de amor, que podemos ver a través de esa mujer. Y esto debe tocar nuestro corazón.

Pero el texto sigue hablándonos. Cuando todos se indignaron con la mujer, el versículo 6 dice: «Pero Jesús dijo: Dejadla, ¿por qué la molestáis? Buena obra me ha hecho». Impresionan las palabras firmes del Señor a aquellos que reprobaban a la mujer. De una manera maravillosa, las Escrituras registran esto: « Siempre tendréis a los pobres con vosotros, y cuando queráis les podréis hacer bien; pero a mí no siempre me tendréis. Esta ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura» (v. 7-8).

Versículo 9: « De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella». Nosotros estamos recordando lo que ella hizo. ¿Por qué el Señor pidió que esto fuese registrado, y el Espíritu Santo trajo esta revelación? Creo que el Señor tenía el verdadero vaso de alabastro, santo y puro – su cuerpo, que sería quebrado por nosotros. Su vida sería derramada, y nos llenaría con su precioso perfume.

Cuando la mujer quebró su vaso, el aroma invadió todo el ambiente. Pero, cuando el verdadero Vaso de alabastro fue quebrado, y el santo cuerpo de Jesús fue molido, de él salió vida, y ella perfumó a esta humanidad envuelta en tinieblas. Esto debe impactar nuestros corazones. Entendemos el gesto de expresión del primer amor de esta mujer, ¿pero, tú y yo, entendemos el gesto del Señor Jesús, sellándonos para siempre como su primer amor?

Heridas de amor

El Señor siempre nos tendrá como su primer amor. Por la eternidad, él llevará las marcas de la cruz en sus manos, una señal de su amor por nosotros. ¡Alabado sea su nombre!

«Y le preguntarán: ¿Qué heridas son estas en tus manos? Y él responderá: Con ellas fui herido en casa de mis amigos» (Zac. 13:6). Esto nos impresiona mucho.

¿Saben cuál es la fuerza de este texto en su versión original? «Son las heridas con las cuales fui herido en la casa de mis amados amigos». Eso debe conmovernos. Este es nuestro amado Señor Jesucristo, que dio su vida por nosotros, escogiendo el camino de la cruz por amor a ti y por amor a mí. Esto es maravilloso.

Nadie podía quitarle la vida a él, nadie podía tocar su vida. Solo por tocar el arca, había una pena de muerte en el Antiguo Pacto. ¡Cuánto más si alguien tocara a aquel que es el Santo de los santos! Entonces, los hombres no tocaron a Jesús solo porque ellos quisieron hacerlo, sino porque nuestro Amado se entregó. Leamos la palabra de Dios en el evangelio de Mateo 27. El escenario aquí es la crucifixión del Señor.

«Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz… A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios (v. 39-44).

Esto también debe conmovernos. Aquellos que le estaban injuriando, pensaban que él estaba sujeto por los clavos en aquella cruz. Sin embargo, él tenía todo poder para impedir su crucifixión. Recuerden que, la noche anterior, él estaba en el huerto de Getsemaní, cuando fue apresado, y muchos querían defenderlo, entre ellos, Pedro. ¿Y cuál fue la reacción del Señor Jesús? Dijo palabras impresionantes: «¿No pensáis que yo podría pedir a mi Padre, y él enviaría más de doce legiones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras?» (Mt. 26:53-54).

No fueron los hombres quienes mataron a Jesús. La palabra de Dios dice que ellos fueron responsables; pero antes de eso, el Señor se entregó para morir. Nadie podía tocarlo; no fueron los clavos que lo aseguraron en aquella cruz, sino su amor por su amada iglesia. Eso nos dice que él siempre nos tendrá como su primer amor. ¡Qué maravilloso!