SAUL Y DAVID

Saúl y David representan dos estilos o servicio en la Casa de Dios.
El primer libro de Samuel, a excepción de los primeros doce capítulos, está dedicado por completo a la vida de Saúl, el primer rey de Israel: 31-12 = 19 capítulos en total.
2 de Samuel, por su parte, está dedicado enteramente a la vida de David, el segundo rey de Israel: 24 capítulos en total. Si a estos 43 capítulos le agregamos los dos primeros capítulos de 1 Reyes, que todavía tratan acerca del rey de David, tenemos un total de 45 capítulos dedicados a los dos primeros reyes de Israel.
Cuando pasamos a los dos libros de los Reyes observamos lo siguiente:
Que los 20 capítulos del primer libro de los Reyes más los 25 capítulos del segundo libro de los Reyes, esto es, 45 capítulos en total, están dedicados a todos los restantes reyes de Israel y de Judá.
45 capítulos dedicados a sólo dos reyes, contra 45 capítulos para registrar la historia de los 39 reyes restantes.
¿Qué significa esto? Que la inspiración del Espíritu Santo quiso, por sobre todo, registrar de manera más cabal la vida de estos dos primeros reyes de Israel. ¿Por qué? Porque Saúl y David son dos arquetipos, prototipos o modelos de reyes.
En efecto, se puede decir que todos los demás reyes o fueron reyes conforme al orden de Saúl o fueron reyes conforme al orden de David. Dios quería resaltarnos estos dos clases de reyes: según el modelo de Saúl o según el modelo de David. Aplicado esto a nuestro contexto, se puede decir que Saúl y David representan dos principios de servicio en la casa de Dios.
Aqui se reflejan s
dos clases de pastores en la casa de Dios, dos formas de liderazgo, dos tipos de ministros.
Saúl y David fueron dos hombres que tuvieron muchas cosas en común y, no obstante, tuvieron un final muy distinto. El primero fue desechado por Dios y del segundo, en cambio, nunca se apartó la misericordia de Dios.
¿Qué hizo la diferencia entre uno y otro? Veamos.
Cosas en común
1. Los dos eran jóvenes cuando fueron usados por Dios.
2. Los dos eran hermosos (1 Sam. 9:2; 16:12, 18).
3. Los dos provenían de familias de poca estima (1 Sam. 9:21; 16:1; comp. Miqueas 5:2; 1 Sam. 18:18, 23).
4. Los dos se consideraban indignos de ser reyes (1 Sam. 15:17; 18:18, 23).
5. Los dos llegaron a ser reyes de Israel.
6. Los dos fueron ungidos con el aceite de la unción por Samuel (1 Sam. 10:1; 16:13).
7. Sobre los dos vino el Espíritu Santo con poder (1 Sam.10: 6-7,10; 16:13). 8. Los dos tenían alrededor de treinta años cuando comenzaron a reinar (1 Sam.13: 11; 2 Sam. 5:4).
9. Los dos reinaron cuarenta años sobre Israel (Hch. 13:21; 2 S. 5: 4-5). 10.
Los dos tuvieron la oportunidad de que Dios perpetuara su reino (1 Sam. 13:13; 2 Sam.7:11-13).
11. Los dos hicieron grandes cosas para Dios. 12. Los dos cometieron grandes pecados contra Dios.
13. Los dos empezaron bien (1 Sam. 11; 14:47-48; 17)…
Pero, Saúl terminó mal (1 Cr. 10:13-14) y David terminó bien (1 Cr. 29:28).
¿Dónde estuvo la diferencia?
La diferencia
La diferencia entre uno y otro nace de un único hecho que no fue común a ambos. Saúl saltó al trono inmediatamente después de haber sido ungido con el Espíritu Santo.
David, en cambio, después de ser ungido con el Espíritu de Dios, debió esperar aproximadamente una década para subir al trono. ¿Por qué esta diferencia? Si Dios ya había desechado a Saúl, y Samuel, por mandato del Señor, había ungido por rey a David, e inmediatamente había venido sobre él el Espíritu del Señor, ¿acaso no indicaba este hecho que en un tiempo muy breve David saltaría al trono? Por lo demás, ¿no había ocurrido así con Saúl? Pero, no fue así esta vez. Extrañamente para nosotros, Dios hizo algo diferente: dejó a Saúl por alrededor de diez años más en el trono, a pesar de que éste estaba ya rechazado y David ya estaba ungido. ¿Qué se proponía el Dios soberano?
Hacer algo en David que le faltó a Saúl: ser preparado por Dios para reinar.
De esta manera, Dios demostraría dos clases de líderes en la obra de Dios: los reyes conforme al orden de Saúl y los reyes conforme al orden de David.
Los primeros actúan con el poder del Espíritu Santo, pero casi nada conocen de la vida del Espíritu. Los segundos también tienen el poder del Espíritu Santo, pero, además, han sido transformados en el carácter de Cristo.
Para conseguir esto último, Dios tiene preparada una escuela: la escuela de David.
A ésta muy pocos quieren entrar y todavía menos son los que se gradúan. La escuela de David es la escuela del quebrantamiento, donde Dios trata con nuestro orgullo, soberbia, autosuficiencia, confianza en nosotros mismos, impaciencia, desobediencia, motivaciones equivocadas y mal carácter.
Porque una cosa es Dios respaldar su palabra en la boca de alguien y otra muy distinta es ser aprobado por él.
Una cosa es el poder del Espíritu y otra es el fruto del Espíritu. Una cosa son los carismas y otra cosa es el carácter.
El reinado de Saúl fue una clara demostración de esta diferencia. En medio de sus grandes hazañas mostró deficiencias fatales en su carácter.
En efecto, cuando fue probado por Dios para ver si el Señor confirmaría su reino sobre Israel para siempre, Saúl demostró una falla que lo descalificaba para ser una autoridad de Dios:
No sabía confiar ni esperar en Dios.
2 La orden había sido: “Espera siete días, hasta que yo venga a ti…”; pero Saúl, no pudiendo esperar, se esforzó y él mismo ofreció el holocausto (1 Sam. 13: 8-12).
El esfuerzo sin confianza en Dios y el actuar independiente desaprueban a un siervo de Dios.
Su autoritarismo e insensibilidad carnal fueron otras de las demostraciones de su falta de preparación para el trono.
En efecto, en plena batalla había sometido a un ayuno bajo juramento de maldición al pueblo de Israel. Esto provocó que el pueblo terminara pecando contra Dios al comer carne con sangre. Además, en lugar de reconocer su error, casi mata a su propio hijo que, sin saber del juramento, había comido miel (1 Sam. 14: 24-45). Un hombre carnal es así: implacable e inflexible.
Pero Saúl carecía de una virtud todavía más importante:
la obediencia.
Esta falta de obediencia le significó finalmente ser desechado por Dios como rey de Israel. Cuando fue enviado por Dios a hacer la guerra a Amalec con instrucciones claras al respecto, no pudo sujetarse y las cumplió a su manera (1 Sam. 15). Reinar, sin un corazón quebrantado, nos conducirá finalmente a perder aún lo que tenemos. En el caso de Saúl, el Espíritu del Señor terminó apartándose de él (1 Sam. 16:14). Por eso, ¡cuánto necesitamos de la escuela de David!
En la escuela de David aprenderemos a llorar y a depender totalmente de Dios; aprenderemos a esperar en él y a fortalecernos en Dios; a ser pacientes y mansos; aprenderemos a pedir perdón y a perdonar; aprenderemos a orar, a cantar y a alabar a Dios en medio de las tribulaciones; en definitiva, aprenderemos a amar a Dios y a encontrar satisfacción para el alma solamente en él. Los que se gradúan de esta escuela salen como vasijas quebradas listas para ser usadas.
Los reyes conforme al orden de Saúl pueden dividir su vida en sólo dos etapas. Saúl llegó al reino a la edad de 30 años aproximadamente y luego gobernó 40 años más.
En David –y en los reyes conforme al orden de David– se distinguen tres etapas.
-El David pastor de ovejas,
-El David quebrantado
El David rey (20, 10, y 40 años respectivamente).
El David quebrantado
Las experiencias vividas por David van mucho más allá de la relación superficial propia de la sociedad mundana, donde la sonrisa es una exigencia casi permanente. “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón y salva a los contritos de espíritu” (Sal. 34:18).
Dios no toma placer alguno en nuestro quebrantamiento, pero lo considera con la más tierna solicitud: “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (51:17). Refiriéndose a Cristo, David predijo cuál sería su sentir como “el Hijo de David”:
“El escarnio ha quebrantado mi corazón y estoy acongojado. Esperé a quien se compadeciera de mí, y no lo hubo; busqué consoladores, y ninguno hallé” (69:20).
Hay muy buenas nuevas para aquellos cuyo corazón llora, en el texto que probablemente inspiró a Jesús a predicar su bienaventuranza sobre los que lloran: “Jehová edifica a Jerusalén; a los desterrados de Israel recogerá. Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas”.