VICTORIA SOBRE EL OPRESOR II

El primer paso en el camino de la victoria

Para no caer en el cautiverio, en la opresión de nuestros enemigos espirituales, hay una condición: hacer del Altísimo nuestra habitación, nuestro refugio (Sal. 91:9).

Y hacer del Señor nuestra habitación implica, entre otras cosas, mantener aquella santa vigilancia, fortalecernos en el Señor y en el poder de su fuerza; vestirnos de toda la armadura de Dios, para poder estar firmes contra las asechanzas del diablo (Ef. 6:10-11).

Aunque nuestra posición sea de descanso en Cristo, en su obra en la cruz, eso no significa pasividad, sino al contrario, significa apropiarnos por la fe de toda la provisión que nos fue dada en Cristo Jesús nuestro Señor.

Preste atención a las proposiciones de Pablo: “Fortaleceos … vestíos”.

Ellas se refieren a acciones definidas, concretas, reales, que yo y usted tenemos que realizar. Y claro, sólo conseguimos movernos en esa dirección movidos por la gracia de Dios, con la ayuda del Espíritu Santo.

¡El resultado de ese posicionamiento, de ese movernos en la dirección que ordena la Palabra de Dios, será “permanecer firmes contra las asechanzas del diablo”!

Tomar «toda la armadura de Dios» tiene un objetivo bien definido, que es «resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes» (Ef. 6:13).

¡Oh, cuán necesario es, en el día de la batalla, estar revestidos con la armadura de Dios! ¡Fortalecidos en el Señor, y en el poder de su fuerza! Sólo así podemos permanecer firmes, inconmovibles, contra todas las asechanzas y ataques de las tinieblas. De lo contrario, caemos y somos presas fáciles.

Pablo afirma en 2ª Corintios 2:11 que no ignoramos las maquinaciones de Satanás.

Él usará todas las circunstancias, personas, el mundo y nuestra carne con el objetivo de derrotarnos.

No olvidemos: Hay un día malo en nuestra experiencia, en nuestro caminar. Hay un día en que parece haber una conspiración declarada contra nosotros, y tenemos la nítida impresión de que hay poderes de las tinieblas maquinando toda suerte de ardides contra nosotros.

Usted que lleva un tiempo peleando la batalla del Señor con nosotros, puede confirmar nuestras palabras. Cuántas veces comenzamos el día y parece que todo está tremendamente equivocado, nada parece estar bien, sea en la casa, en el trabajo, todo está tumultuoso, sus palabras son totalmente distorsionadas, las personas se levantan contra usted … una infinidad de cosas surgen como de la nada.

Mas hay también aquellos días en que las celadas son puestas delante, sólo que ahora en ‘tonos coloridos, brillantes’, atrayentes, incitando su carne con el fin de llevarlo a andar en todas sus concupiscencias. ¡Cuán terribles son tales tentaciones! Hay todo tipo de maquinaciones del enemigo para llevarnos a andar en la carne. Él conoce nuestras debilidades, y como conocedor de ellas, sus demonios –los espíritus del mal– vienen con todas sus insinuaciones para que cedamos en nuestras debilidades.

Mas bendito sea Dios, «porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).

Y la recomendación y la promesa de la palabra de Dios es: «Acerquémonos, pues, confiadamente, al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16).

¿Hay un tiempo más oportuno que éste, cuando somos así atacados en la batalla, para ser socorridos y recibir misericordia y gracia?

Puedo afirmar de todo corazón cuánto necesitamos del socorro, de la misericordia y de la gracia de nuestro amado Sumo Sacerdote!

Mas el hecho que está delante de nosotros ahora es: ¿Qué hacer si alguien ha caído?, si alguien esta en ese tan humillante cautiverio?

¿Cómo volver a aquella posición de victoria, cómo sacudirte del yugo que te puso el enemigo?

¿Qué hacer después de haberse apartado de la presencia del Señor, cual Israel, y verse oprimido por un ‘rey Jabín’?

El camino de regreso, el camino de la liberación, comienza aquí:

“Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová» (Jueces 4:3).”

La liberación vino a partir del momento en que los hijos de Israel clamaron al Señor. Por causa de ese clamor Dios envió el socorro. A partir de ese clamor varias cosas sucedieron hasta que la completa victoria sobre el enemigo vino y el pueblo pudo experimentar tiempo de paz nuevamente.

Hasta entonces el pueblo sólo experimentaba opresión, humillación, burla, y escarnio del enemigo y el miedo esparcido por medio de su ejército con sus novecientos carros de hierro.

Aquí tenemos un ejemplo del cielo moviéndose en dirección a la tierra a partir del clamor del pueblo del Señor.

Parece que ha sido siempre así. El Señor espera hasta que llegue el clamor hasta él –el pedido de socorro– y entonces interviene. Fue así como Israel experimentó la liberación del cautiverio en Egipto. “Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios …” (Éx. 3:7-8).

En este ejemplo no hay duda. El Señor movió su brazo solamente después de que su pueblo hubo clamado. Y si usted examina las Escrituras, verá que hay muchos otros ejemplos confirmando que el obrar de Dios en medio de su pueblo siempre es así: primero el clamor y después la intervención de Dios.

Mas ese clamor del pueblo de Dios es la consecuencia, o si podemos decirlo así, es la manifestación de algunos hechos que deben suceder.

Primero, ese clamor fue fruto del arrepentimiento y la confesión de sus pecados. Vea cómo está descrito el mismo evento de Jueces en el libro 1 Samuel: “Y ellos clamaron a Jehová, y dijeron: Hemos pecado, porque hemos dejado a Jehová…”(12:10).

El clamor fue fruto del arrepentimiento. Reconocieron sus malos caminos y que habían pecado contra el Señor y que por eso estaban sujetos a cautiverio.

El arrepentimiento genuino viene de una tristeza según Dios (2ª Cor. 7:10).

Nos entristecemos por haber ofendido al Señor, por haber seguido algún camino malo y deseamos verdaderamente volvernos al Señor.

Segundo, ese clamor fue un humillarse delante de Dios.

En 1ª Pedro 5:6 se nos dice: “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo”.

La desesperación del pueblo lo llevó a humillarse delante de Dios. Las Escrituras nos recuerdan que «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Stgo. 4:6). Mientras estemos confiados en la fuerza de nuestro brazo carnal sólo experimentaremos la derrota.

¡Mas si nos humillamos delante del Señor recibiremos gracia!

Tercero, ese clamor fue el reconocimiento de que sólo el Señor podría librarlos. Ellos llegaron al fin de sí mismos. Reconocieron que en ellos mismos no había ninguna posibilidad de vencer al enemigo.

En este proceso de liberación, mientras pongamos la esperanza en nosotros mismos, no reconoceremos que sólo en el Señor tenemos la victoria.

Recordemos las benditas palabras del Señor Jesús a sus discípulos: Separados de mí nada podéis hacer(Jn. 15:5).

¡hoy es un día de libertad,
y de experimentar la victoria sobre el enemigo!

¡EL SEÑOR NOS AYUDE!