VICTORIA SOBRE EL OPRESOR

De modo general, cuando se habla de batalla espiritual en medio del pueblo de Dios, se piensa sólo en uno de los aspectos de la batalla, o mejor dicho, en uno de nuestros enemigos, el diablo. Pero bien sabemos que son tres nuestros enemigos: el mundo, la carne y el diablo. Y todos ellos deben ser igualmente subyugados en nuestra vida por la obra del Señor Jesús en la cruz del Calvario. ¡Ella es la base de nuestra victoria!

Nuestra posición, como lo señalan las Escrituras, es de victoria, puesto que Dios «nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús» (Ef. 2:6). Todo está en él! Todo lo que tenemos del Padre nos fue dado en Cristo Jesús.

Jueces (capítulos 4 y 5).
Al meditar en esa porción de la Palabra de Dios del Antiguo Testamento, creemos que aquello que quedó registrado en Romanos 15:4 será una realidad para nosotros: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”.

Quiero enfatizar la expresión:

“Tengamos esperanza”.

Y esto es lo que deseo para usted, que la esperanza viva sea renovada en su corazón. Esperanza de un andar victorioso en esta batalla espiritual. Victoria sobre el mundo, la carne y el diablo.

Cuando leo el libro de Jueces, mi corazón se llena de esperanza en cuanto a mí mismo delante del Señor, porque es un libro que nos muestra que a pesar de la debilidad y de los varios cautiverios del pueblo de Israel , también nos muestra el camino maravilloso de la liberación.

Es un libro que nos presenta grandes fracasos del pueblo de Israel mas también la grande misericordia del Señor.

Muchas veces nos vemos como el pueblo de Israel, totalmente cautivo por algún enemigo, sin fuerzas en nosotros mismos para libertarnos; mas, clamamos al Señor, y de él viene el socorro.

Hay muchos enemigos en nuestra vida y de hecho hay una batalla que debe ser librada. Pablo dice: «He peleado la buena batalla» (2ª Tim. 4:7).
Pero recuerde: «Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó» (Rom. 8:37).

Vemos en el libro de Jueces, repetidamente, en relación al pueblo del Señor, la siguiente secuencia de hechos:

Caída espiritual, disciplina de Dios, cautiverio bajo el yugo opresor, arrepentimiento del pueblo, clamor al Señor, liberación enviada por Dios.

¿No será ésta algunas veces la experiencia de muchos de nosotros? ¿Cuántas veces algunos de nosotros caemos y nos arrepentimos, para luego fracasar de nuevo? ¿O, quién sabe, después de vencer algún enemigo espiritual en nuestra vida, más tarde percibimos ese mismo enemigo venir sobre nosotros con más fuerza todavía?

Pero, ¡anímese en el Señor!, aquel que comenzó en nosotros la buena obra es poderoso para perfeccionarla.

No sabemos cuánto tiempo va a tomar, pero el Señor la va a perfeccionar. No sabemos cuántos fracasos tendremos que experimentar, pero un día, finalmente, esa obra será perfeccionada y seremos aquellos que agradaremos el corazón del Padre, porque él verá en nosotros la imagen de su Hijo.

¡Eso es algo muy maravilloso!

El resurgimiento de enemigos vencidos en el pasado

«Después de la muerte de Aod, los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová. Y Jehová los vendió en mano de Jabín rey de Canaán, el cual reinó en Azor; y el capitán de su ejército se llamaba Sísara, el cual habitaba en Harosetgoim.

Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, porque aquél tenía novecientos carros herrados y había oprimido con crueldad a los hijos de Israel por veinte años» (4:1-3).

Esta porción de las Escrituras describe uno de los cautiverios más terribles experimentados por el pueblo de Dios en el tiempo de los jueces. La causa, lo mismo que en los demás, fue: “…volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová”.

O, como nos dice un pasaje paralelo de 1 Samuel 12:9: “Olvidaron a Jehová su Dios”. Volvieron las espaldas a aquel que un día los había libertado de la tierra de esclavitud y les había dado la tierra de la promesa. El deseo del Señor era que siempre su pueblo experimentase la victoria y la plenitud de su bendición en esta tierra. Sin embargo, para que eso fuese una realidad, deberían haber hecho del Altísimo su habitación (Sal. 91:9).

¡Qué contradicción! Estaban siendo esclavizados nuevamente, y dentro de la tierra de la promesa.

¿No es lo mismo que sucede muchas veces con el pueblo de Dios hoy? Dios «nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo» (Col. 1:13). Su Hijo vino para darnos vida, y vida en abundancia (Juan 10:10). Él es nuestra buena tierra, nuestra herencia. Somos más que vencedores por medio de él. Sin embargo, muchas veces, aun después de ser libertados, nos encontramos debajo de algún yugo, viviendo una vida derrotada, estéril, sin experimentar la realidad de las riquezas que Dios nos dio en Cristo Jesús.

¿Quién era ese opresor del pueblo de Dios? ¿Cuál era su ciudad? ¿Quién era su capitán y dónde habitaba?
Mucha luz nos es dada cuando consideramos la respuesta a cada una de esas preguntas. Muchas figuras y ejemplos nos fueron dejados por el Espíritu Santo y registrados en las Escrituras (ver 1ª Cor. 10:11).

En este pasaje del libro de Jueces aparece el tercer opresor del pueblo de Dios, el rey Jabín. Nos sorprende la aparición de este rey en este momento de la historia de Israel. Ya habían pasado más de cien años desde que Israel, bajo el liderazgo de Josué, había experimentado una total victoria sobre él, y sobre todos los moradores de la ciudad de Hazor (Jos. 11:10-11). A más de eso, la ciudad había sido totalmente quemada. ¡Plena victoria sobre el enemigo!

¿Quién podía imaginar que ese mismo enemigo resurgiría?
Parecía imposible. Sin embargo, ese mismo rey reaparece. Aunque no fuese la misma persona –Jabín era un título, igual que Faraón– surge la misma figura. E incluso aparece con su poder incrementado. Cuando Josué venció a Jabín quemó sus carros, que probablemente eran de madera. Pero ahora Jabín viene con muchos carros, y no de madera, sino de hierro (Jos. 11:9 y Jue. 4:3).

Aquel enemigo que una vez había sido derrotado y totalmente subyugado, surge nuevamente y pasa a oprimir duramente a aquellos que en el pasado le habían vencido.

El pueblo que una vez entonó el cántico de victoria sobre él, ahora derrama sus lágrimas a causa de la dura opresión bajo el yugo de aquel que había sido desbaratado.

Humillante, mas era la realidad del pueblo de Dios. Todo esto constituye una advertencia solemne para nosotros. El resurgimiento de ese rey nos recuerda una verdad importante en nuestra vida cristiana y que nunca deberíamos olvidar:

¡Vencer a algún enemigo espiritual en el pasado no garantiza que él nunca más vuelva a querer perturbarnos!

Nunca piense, por ejemplo, que por haber vencido un pecado o alguna debilidad en su vida, que aquel pecado o esa debilidad nunca más querrá perturbarlo.

Sería un engaño pensar así. Lamentablemente, muchos, después de haber experimentado plena victoria en sus vidas, vuelven a ser esclavos de aquellos mismos pecados.

Algunos, cuando creyeron en el Señor experimentaron una gran liberación de pecados esclavizantes, y vivieron en victoria por muchos años, mas se dejaron debilitar por el enemigo y volvieron a quedar bajo aquel mismo yugo que una vez había sido quebrado.

Necesitamos recordar que en nuestra carne no mora el bien (Romanos 7:18).

Si no permanecemos en Cristo, siendo fortalecidos por su poder en nuestro hombre interior, daremos ocasión a la carne y todas sus obras podrán manifestarse otra vez en nuestras vidas (Gál. 5:19-21).

Ese Jabín resurge en Hazor, una ciudad en el territorio de Neftalí (Jos. 19:36), y allí establece su cuartel general.

El nombre Neftalí significa ‘vencer’, ‘victoria en la pelea’ o ‘prevalecer en la lucha’ (Gén. 30:9). Y exactamente en esa tribu que ‘vence en la batalla’ resurge el enemigo.

No bastaba tener el nombre de vencedor. Era necesario tener la realidad de vencedor.

De la misma forma con nosotros: No basta decir que somos más que vencedores: es necesario tener esa realidad en nuestras vidas. Pablo oró a favor de los hermanos en Éfeso para que Dios los fortaleciese con poder en el hombre interior por su Espíritu.

¡Necesitamos de ese fortalecimiento interior, necesitamos permanecer en Cristo! De lo contrario, cuando nuestros enemigos surjan, aunque ya hayan sido vencidos en el pasado, acabarán por ganar ventaja sobre nosotros. La carne nunca envejece, nunca se debilita. El mundo siempre buscará seducirnos. Y el diablo nunca se cansa, sino que siempre anda alrededor buscando a quien devorar (1ª Pedro 5:8).

*Jabín significa ‘sabiduría o entendimiento’ y Hazor significa ‘fortaleza’. Ambos representan la sabiduría de este mundo, que es terrenal, puramente humana, diabólica (Santiago 3:15, NVI), y que puede tornarse en una fortaleza para aprisionar al pueblo de Dios. Mas, gracias al Señor, “las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas…”(1ª Cor. 10:4).

Cuando Jabín fue destruido por Josué era rey de Hazor (Jos. 11:1). Sin embargo, en su resurgimiento su reino es ampliado y él es rey de Canaán. ¿Y qué decir del significado del nombre Canaán? ¡Tierra baja, o comercio! Eso apunta a las cosas terrenales, en oposición a las cosas celestiales. Nos habla de los intereses terrenos, de la búsqueda de los propios intereses, de la preocupación por las cosas de la tierra (Col. 3:1-2).

Todo este cuadro nos muestra el peligro de caer en el juego de nuestra carne. Y en verdad, es el lado más bajo de nuestra carne. ¡Cuán tirana es nuestra carne! ¡ es cruel! ¡Pasaron más de cien años, pero vea que ella surge con más fuerza todavía! ¡Con poder incrementado, con sus «novecientos carros herrados»!

¿quién podrá por su propia fuerza escapar de ese cautiverio? ¡Imposible! Así como era imposible para Israel vencer a Sísara, y sus carros de hierro, también es imposible para el cristiano, en sí mismo, escapar de ese cautiverio. Solamente una intervención celestial puede librarnos de tan grande opresor.

La única cosa que podemos hacer por nosotros mismos es caer en ese cautiverio. ¡Cuán fácil es volver a ser dominado por toda clase de cosas terrenas, carnales! Basta que nos apartemos del Señor y no hacer de él nuestra habitación. Será necesario sólo no tener una santa vigilancia y constancia en permanecer en Cristo, en confiar en la obra de su cruz. Este Jabín y todo su reino nos advierten en cuanto al peligro de caer en el cautiverio producido por el lado más bajo de nuestra carne. Y sabemos que la base de operación de nuestro enemigo es nuestra carne. Y una vez bajo su cautiverio, el enemigo podrá venir y obtener todo tipo de ventaja sobre nosotros ¡Él Señor reprenda la Obra infernal!

El hecho de que la fortaleza de Jabín haya sido levantada en el territorio de la tribu que tenía el nombre que recordaba ‘luchador’, ‘vencedor’, nos advierte que cualquier cristiano está sujeto a esta situación. Cualquiera puede ser derrotado si no hay vigilancia. Como nos recuerda la Palabra: «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1ª Cor. 10:12). No hay fuerte, no hay valiente fuera de Cristo.

¡Aunque alguien sea considerado un hombre espiritual, maduro, crecido en el Señor, también estará sujeto al fracaso si no vigila y se mantiene escondido en Cristo! Tenemos varios ejemplos de eso en medio del pueblo de Dios.

Pero aunque hayamos caído en el cautiverio de Jabín, de las cosas terrenas, de la sabiduría de este mundo, de la búsqueda de nuestros propios intereses, de los intereses de la carne, hay esperanza de liberación.
Así como el pueblo de Israel experimentó la liberación de ese tan terrible opresor, así también todo hijo de Dios que haya caído en cautiverio tiene en el Señor la liberación.

¡La convocación para la batalla contra ese opresor será hecha! Y aquellos que atiendan a esa convocación experimentarán la victoria, porque quien la obtiene es el Señor de la gloria, el Todopoderoso, y es él mismo quien va al frente de su pueblo. ¡Gloria a Dios! Él también nos convoca a la batalla. ¡No habrá opresor que resista a su brazo de poder!

Continuará….